Nací en el interior del país en 1976. Soy  la mayor de tres hermanas. Crecí en el interior de país, en una familia cimentada en los principios y valores pero sin una relación con el Señor Jesucristo en una forma real y palpable en nuestro diario vivir. Soy la mayor de tres hermanas. Estudié Medicina General, carrera que culminé en el 2004.

En tercer año de la carrera, aprovechando unas horas libres que tenía en la tarde, decidí inscribirme en clases de francés. Al otro la do de la ciudad un chico pensaba lo mismo que yo, y de igual manera se inscribió, ese chico es hoy mi esposo: Miguel Ángel Cubías Samper. Ambos nos inscribimos por error a dichas clases sin percatarnos que era una clase de niños, donde los únicos adultos éramos la maestra, el y yo. Bendito error!!

Nos hicimos rápidamente amigos, nos encantaba leer y compartir lo que ambos leíamos. Al mes iniciamos un noviazgo y a los 5 meses nos estábamos casando en una boda preciosa, con todo lo que se “espera” que haya en una boda, pero con el invitado más importante ausente; pues nunca recibió nuestra invitación, ese invitado es el Señor Jesús.

Iniciamos un matrimonio con el pie izquierdo, yo era muy inmadura, no estaba preparada para  llevar a cabo simultáneamente tres importantes roles: ser esposa, ser madre y ser estudiante del tercer año de medicina.

Ambos venimos de matrimonios plenamente constituidos, donde se han amado y respetado y quienes han guardado los votos matrimoniales hasta el día de hoy. Por el ejemplo recibido, nuestro objetivo era hacer lo mismo, formar un buen matrimonio. Pero las intenciones por hermosas que sean deben estar fundamentados sobre roca y no sobre arena para que podamos materializarlas con sabiduría.

En el transcurso de los dos primeros años de nuestro matrimonio nacieron nuestros dos hijos. La mayor le lleva 15 meses al menor. Ambos son el regalo más hermoso que Dios nos ha dado después de nuestra salvación.

Me fue muy difícil compaginar mis estudios, con el rol de madre y esposa. Fui educada para ser profesional, independiente, autosuficiente y mi prioridad era graduarme a toda costa. No fue nada fácil siendo ya madre de dos pequeñitos y una esposa con deberes y responsabilidades por cumplir.

Perseguí mis sueño todos estos años, poniendo a mi carrera y estudios en primer lugar. Un mes antes de graduarnos nuestro hijo Luis Armando, fue diagnósticado con un Lesión Polipoide Intrabronquial que le ocasionaba mucha dificultad para respirar. Creo que ese evento que Dios permitió en la vida de nuestro hijo,  fue con el propósito  de Dios para que le buscáramos y nos acercáramos a El. No lo hicimos.

Nos fuimos del país, buscando el mejor hospital y así nuestro hijo es operado en el Hospital de Niños de la Universidad de San Francisco. No enfrentó secuelas, ni complicaciones, su recuperación fue rápida y gracias a Dios la biopsia dio respuesta negativa a malignidad. Dios fue fiel, pero no supimos ni reconocer ni mucho menos valorar esa fidelidad. Le dimos la gracia del diente al labio, pero nuestra gratitud era más para los médicos que para Dios.

Regresamos al país y Miguel Angel me da un ultimátum, pidiéndome que me quede en casa cuidando a nuestros hijos. Cedí, abandone mis sueños, los hice a un lado y me quedé en casa para convertirme en una mamá a tiempo completo. Aunque fue muy bueno lo que hice, por el bienestar de nuestra familia, lo hice con la actitud equivocada. Poco a poco, casi sin darme cuenta, como gota tras gota se va llenando un vaso, fui llenándome de resentimiento, amargura, falta de perdón. Pensaba que mi esposo era un hombre egoísta y muy machista. Cada pensamiento negativo hacia el se convirtió en un soplo que intentaba matar la llama del amor.

Tal y como cuando nos alimentamos de comida chatarra nuestro cuerpo se enferma, de la misma manera cuando alimentamos nuestra alma de pensamientos chatarra, nuestra alma se enferma y casi sin darme cuenta caí en una profunda depresión. Una depresión que decidí vivirla sola los primeros años, poniéndome máscaras de la puerta para afuera de nuestra casa. Dando una imagen de alegría y paz.

La depresión fue aumentando y pasándole factura a nuestra relación. Me volví amargada, mecha corta, triste, iracunda, enferma, con el alma envejecida y solo tenía 28 años de edad. Simultáneamente viví un trastorno alimenticio síntoma de la misma depresión. Nunca fuimos un matrimonio de insultarnos, gritarnos ni faltarnos el respeto pero el hielo se podía respirar en nuestro hogar. La palabra divorcio empezó a sonar en mi mente cada vez mas fuerte y cada vez me parecía la salida correcta. No era feliz, tenía muchas bendiciones y privilegios en mi vida, pero no era feliz, nada podía llenar mis vacíos ni calmar mi ansiedades y angustias, porque me faltaba convertirme en una verdadera una hija de Dios!

Hace 8 años recibií la invitación a fraternidad y ahí en ese primer evento tuve mi primer acercamiento genuino a Dios. Camino a casa pude ponerme a cuentas con El y pude ver lo que era mi vida sin El, pero también pude ver que había otro tipo de vida si decidía involucrarlo a El. Al llegar a casa pedí perdón a mi esposo y a mis hijos, ellos no entendían por qué pedía perdón! Ni siquiera yo lo entendía! Hoy si se, por qué. Y es que estaba muy lejos de ser la esposa que estoy mandada a ser, la madre que estoy mandada a ser, la ayuda idónea que estoy mandada hacer.

Y ahí empezó un proceso transformador que continúa hasta el día de hoy. Empecé a involucrarme en un capitulo, luego en dos, luego en tres, empecé a orar, a platicar con Dios, a leer la Biblia, a asistir a la iglesia, a asistir a los SAELES y entonces la depresión en cuestión de meses desapareció.  Cuando llegué a Fraternidad el amor hacia mi esposo Miguel Angel había terminado. El matrimonio solo lo sostenían nuestros hijos y nada más. Pero así como la depresión desapareció el desamor desapareció. Dios regeneró mis emociones, renovó mis pensamientos y el amor que un día estuvo muerto renació y nuestra relación se restauró.

Entendí también, que mi esposo debía estar en la misma sintonía que o aún mejor y empecé una carrera cuya meta era acercarlo al Señor. No fue fácil, hubieron momentos de desilusión, de frustración, pero Dios siempre mandó ángeles que me animaban a perseverar y a tener fe que la promesas de Dios se cumplirían en el tiempo perfecto. Tardó 3 años en venir a un evento de Fraternidad, finalmente asistió ya no de manera esporádica sino de forma constante y fue ahí donde Miguel Ángel empezó su propio proceso, ese hermoso proceso encontrarse con Dios.

En esto 8 años hemos visto como Dios es un Padre que está al cuidado de cada detalle de nuestra vida! El restauró mi vida! Sanó la depresión! Restauro nuestro matrimonio! Hizo renacer la complicidad, la admiración, y el amor como nunca antes lo sentí.

Nuestro reto ahora es guardar nuestro testimonio de vida en casa y fuera de ella, y acercar a nuestros hijos al Señor, no que tengan una religión sino que un día cuando Dios así lo tenga agendado, ellos tengan ese encuentro íntimo y personal con  Jesús! Mientras ese momento llega nos mantenemos orando, sirviéndole al Señor convencidos que lo mejor estar por venir!  Ahora ambos hemos podido comprobar que si se puede ser parte de la GENTE MAS FELIZ DE LA TIERRA.