“UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA UNA VIDA PLENA”

Mi nombre es Milton Eduardo Guerrero, nací en 1958. Aprendí que para obtener las cosas en la vida había que trabajar y fui vendedor desde pequeño. Vendí periódicos, adornos navideños, juguetes, cuetes y hasta huevos. Estudié de noche, me hice bachiller, luego vino la universidad.

Un buen día, el papá de mi novia me invitó a un desayuno de la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo de El Salvador (FIHNEC). Ahí tuve mi encuentro personal con Jesucristo. Cuando hicieron el llamado y pase al frente, con mis ojos cerrados vi una luz blanca en extremo. Yo ya había visto esta luz antes y sintiendo confianza le dije: “Yo ya te he visto. Tú, ya has estado conmigo. Yo, ya te conozco, solo dime, por favor  ¿Dónde te he visto?”. Y me mostró una ocasión en la que un motorista de la ruta 30 se pasó el semáforo en rojo y yo estaba en el crucero de la calle en mi motocicleta, sin poder hacer nada para evitar el atropello, solo cerré los ojos, y en esa vez fui cubierto por esa misma luz. Cuando abrí los ojos, yo estaba fuera de peligro. No fue difícil para mí, entender que era Jesucristo y le entregué mi vida.

En la Fraternidad me enseñaron que: “JESUCRISTO SANA, SALVA, LIBERA, PROSPERA Y PROTEGE”. Le dije: “Señor, yo voy a trabajar para ti, en la Fraternidad, pero dame  prosperidad, pruébame pues, que das prosperidad a aquellos que te sirven”.

Cuando comencé a servirle, Dios me dio un buen trabajo, comencé a ver ganancias, renuncie y fui contratado por una compañía aseguradora. Dios me bendijo después con cinco empleos más simultáneamente. La prosperidad llegó en abundancia. Mi novia se convirtió en mi esposa y mi suegro nos regaló una casa hermosa. El señor me bendijo con mi primer hijo y mi primer carro también.

Todo iba bien, pero yo me empecé a volver loco. Me hice loco ropa. Loco trajes. Loco perfumes. Loco joyas. Loco viajes. A mis 33 años comencé a tomar, y a ser adúltero. Me sentía hipócrita, porque iba a la Fraternidad y me perdía en las noches de cumbia, en los martes de carnaval y los jueves de conga. Al final, dejé a aquel Cristo que me había dado tanto, me divorcié de mi  esposa y la dejé a ella y a mi hijito de cuatro años.

Renuncie de la compañía de seguros y me fui a otra compañía, donde vendí tanto que me ofrecieron ser el Gerente Comercial de la zona oriental. Mi ego crecía y crecía. Conocí a una muchacha diez años menor que yo, le propuse matrimonio y nos casamos. Recuerdo que tenía un Mercedes Benz dorado y viéndome al espejo me decía a mí mismo: “¡Hombre Milton, que lindo sos, que lindo sos papá! ¡Carro nuevo, casas nueva, mujer hermosa nueva con pisto y vas a ser Gerente Comercial!”

Pero Dios tenía otros planes. Una mañana entre al restaurante donde acostumbraba desayunar  y pedí el periódico y en primera plana aparece, empresa de seguros tal, se declara en quiebra y todos sus negocios se pierden y era la empresa que a mí me iba a hacer gerente comercial.

De inmediato comencé a recibir llamadas de todos mis clientes: yo respondía, no te preocupes, dame  tiempo, pero no podía hacer nada. Descuidé las otras empresas y también me las quitaron y de la noche a la mañana era un desempleado. Cuando al fin conseguí trabajo, no vendía nada por más que me esforzaba. Como era posible que yo, un hombre de éxito, que había formado cuerpos de vendedores para otras empresas, no pudiera vender. Había topado las tarjetas de crédito, había acabado con las cuentas de ahorro y no tenía con que hacerle frente a las deudas y a los clientes.

Por todo eso, mi nuevo matrimonio también se iba a pique. Una mañana, empecé a escuchar una voz que me gritaba, “¡Sos un fracasado, Mátate hombre, vales más muerto que vivo, termina con esto!”.

Voy a la cocina saco un sobre de veneno para ratas y me lo tomo, me regreso a mi cuarto, cierro la puerta, me acuesto y me pongo a ver el cielo falso. Mientras lo veo todo mi cuerpo esta tenso, sé lo que me va a pasar, mi corazón late con toda fuerza que lo escucho en mis oídos como truenos. Así tirado en esa cama mirando al cielo falso comienzo a ver como Dios me había cuidado, como Él me había bendecido y como yo me había ocupado de destruir todo lo bello que Él me había dado. Vi la cara de mi hijito que me miraba y me decía: “Veni, veme ¿Ya no vas a dormir conmigo?” Y se apagó todo. Gracias a Dios, la empleada llegó y al verme llamó una ambulancia y desperté en el Hospital Zacamil.

Desperté en esa madrugada totalmente estragado por el veneno, estaba casi ciego, con una sonda nasogástrica, sin poder gesticular palabras. Y ahí, en aquel lugar terrible, me acorde de aquel Cristo que había dejado olvidado por vivir una vida totalmente ingobernable. Al despertar mi deseo de morir había cambiado, quería vivir y le pedía perdón y hable con Él como nunca le había hablado.  Le dije: “Pruébame que eres mi padre, pruébame que soy tu hijo, ten  misericordia de mí, no permitas que muera en esta cama de hospital”. Cuando al fin quedó  todo en silencio, me di cuenta  que aquel Cristo estaba conmigo.

Al salir del hospital, mi madre me regaló 100 dólares. Compré un horno eléctrico, margarina, queso, harina,  polvo de hornear  y unos moldes  y me puse a hacer quesadillas, al terminar las puse en un canasto, y me fui a una iglesia y me puse con mi canasto  en la cuneta a vender. Ahí, el gran vendedor, el hombre de éxito, aquel falso triunfador, humillado tuvo que tragarse sus lágrimas. Pero llegó un amigo sincero quien al verme así, me ofreció un trabajo.

La paga era el salario mínimo, pero el poder de Dios estuvo de manifiesto; logré pagar muchas de mis deudas y Dios me liberó de otras, me devolvió a mi esposa y a mi hijo, me integré nuevamente a la Fraternidad. Él me dio mis propios negocios y volví a tener carro y prosperidad.  Él ha permitido que mi esposa y yo hayamos sido consejeros matrimoniales y tenemos una lista muy preciosa de matrimonios rescatados para Cristo. Hoy hasta llevo un ministerio de Alabanza. Nunca podré pagarle  a Cristo por su bondad conmigo. Querido lector, Cristo también espera por ti en esta bendita Fraternidad.